5.6.17

Un peregrino vuelve a casa


Primera jornada

En el prólogo a Cementerio alemán. Yuste, Miguel Ángel Lama nos habla del locus creator, un espacio que, al contemplarlo, consigue generar una literatura. Lama se refería principalmente a una parte de Yuste, la que ocupa un cementerio alemán enclavado entre montañas, a pocos pasos del monasterio en el que se alojó Carlos V durante su último año con vida. En realidad, el tópico citado por Lama podría aplicarse a toda la comarca, porque esa zona del norte de Extremadura ha provocado creaciones de todo tipo, desde romances medievales hasta poemas de autores contemporáneos. Un lugar magnético que tiene la habilidad de provocar ficciones, como si guardara el germen de un libro que aún está por escribir, por recordar algo que apuntó Martínez de Pisón en un artículo sobre el cementerio. Ciertos espacios parecen más proclives a estimular nuestra imaginación. En ellos congregamos memoria e hipótesis, conjetura y crónica, pasado y presente. Territorios que al ser observados tiran de nosotros, como una mano que emerge de un lago y nos arrastra dentro del agua. 

No obstante, si analizo mi propia experiencia y pienso en lo que me une a esos lugares, no sé quién ha generado a quién, si el lugar al texto o viceversa. Así puedo resumir mi relación con el norte de Extremadura. Un espacio vivido y leído a partes iguales, de tal forma que en ocasiones me resulta muy complejo separar la verdad de lo vivido con la verdad de lo narrado. La comarca de la Vera es un buen ejemplo. La he visitado muchísimas veces, la he recorrido en coche, en bicicleta o caminando, he acudido a ella en momentos distintos y, sin embargo, no sé hasta qué punto toda mi memoria se basa en mis propias visitas o en visitas ajenas leídas por alguna parte. Supongo que el recuerdo se nutre voluntariamente de ese tipo de equívocos. A todos nos conviene añadir invenciones que, de alguna manera, ensanchan lo vivido y lo convierten en algo aún más inabarcable. Explorar el pasado significa reinventarlo. Por eso no puedo decir exactamente qué significa para mí Plasencia, o los valles de la Vera y del Jerte, o Monfragüe y la Sierra de Gata, por citar algunos de los lugares a los que me siento más cercano. 

No hay un único camino para llegar al monasterio de Yuste. Siempre que he subido hasta allí lo he hecho por trayectos distintos, aunque la mayoría de veces he optado por acceder a él desde Garganta la Olla y no, por ejemplo, desde Cuacos de Yuste. Si he preferido este camino es porque me gusta detenerme en Garganta, un pueblo que guarda una belleza austera, humilde, sin la estridencia de las grandes construcciones ni la solemnidad altiva y avejentada de otros pueblos de dimensiones similares. Uno se detiene en Garganta la Olla para perderse y para comer, algo, por otra parte, muy ligado al imaginario del pueblo. Durante la primera semana de agosto celebran el Día de la Serrana de la Vera, el mítico personaje literaturizado por Lope de Vega o por Luis Vélez de Guevara y, antes que ellos, por los romances populares. La historia de esta serrana está llena de artificios, de mistificaciones, como todas las historias que cuentan con un origen vago, incierto, difuso. Al final ese inicio tal vez real no es más que un simple punto de partida para desplegar un sinfín de leyendas: la de una hermosa mujer con fuerza sobrehumana, entre cazadora y amazona, que se retira a una cueva después de haber sido rechazada por un hombre. Algunos textos ven en ella a Isabel, de la familia Carvajal, y al sobrino del obispo de Plasencia como el hombre que la rechaza. En lo que coinciden casi todas las leyendas es que esa mujer se lanzó a la sierra como venganza por haber sido despreciada. Desde allí atrajo a todo hombre hacia su cueva. Después de emborracharlo y haber gozado de su cuerpo, lo mata. 

Poco más sabemos de esa mujer. Hay miles de historias similares, con protagonistas distintos, pero esencialmente iguales en fondo y forma. Lo que conviene preguntarnos es cuándo un suceso se convierte en una ficción, en qué momento la historia verídica y la fabulada se mezclan y se confunden. Julio Caro Baroja se planteaba la misma cuestión. Tampoco él sabía si la Serrana era una realidad histórica mitificada o un mito trasformado en realidad historificada. Quizás lo interesante del asunto radique en el proceso: un hecho más o menos real se trasforma en una ficción y, a su vez, esa ficción vuelve a generar algo real. Las fiestas de primeros de agosto, por ejemplo, o la cruz que se erige en lo alto de una torre de Garganta en homenaje a las víctimas de la amazona. O la estatua de la serrana que mira al pueblo desde un pedestal, cargando con una ballesta y una espada en su cintura. Todo eso son acontecimientos tangibles que nos hablan de nuestra necesidad por ensanchar el mundo. Al hacerlo, también lo celebramos. 

Hay algo más que no puedo pasar por alto. Me refiero a unas palabras de Unamuno cuando visitó la comarca. Para él, una leyenda de ese tipo solo podía suceder en un lugar como este. Es decir, existen territorios predispuestos de antemano para que alguien escriba sobre ellos, lugares construidos para que se imaginen, se fabulen, se reinventen. Todas las comarcas del norte de Extremadura conservan ese estímulo. Por eso son lugares extremos: al ocuparlos, siempre se está en otra parte.

Si prefiero ir al monasterio pasando primero por Garganta la Olla, no es sólo por mi interés por el pueblo, o por las historias que convoca. Si paso antes por allí, es porque de camino al monasterio hay un lugar en el que siempre me detengo: unas pozas de agua que ha formado el río Garganta Mayor en su descenso por la montaña. Así se llaman en Extremadura y así las he conocido desde que tengo memoria: son gargantas, una metáfora perfecta para definir a un río de agua que ha ido puliendo la piedra y ha creado pequeñas lagunas en las que bañarse en verano, como sucede en Garganta de los Infiernos, en el vecino Valle del Jerte, y en otros muchos lugares del norte de la región. La zona a la que me refiero se llama Piletillas o Charco de Calderón. Lo sé porque he mirado el mapa, no porque sean nombres que haya interiorizado. De hecho, hasta ahora no tenía ni idea de cómo se llamaban. Para mí siempre han significado un alto en el camino, o un punto de llegada, sobre todo durante los meses de julio y agosto. En pocos lugares me he sentido más cómodo leyendo, como si todo el entorno formara una enorme sala de lectura abierta al aire. Ese es el recuerdo más vivo que guardo de esa zona: el de verme a mí mismo con un libro entre las manos. Allí fue donde comencé a leer En busca del tiempo perdido y allí también donde acabé Rayuela y otros cuentos de Cortázar. Cito esos dos entre muchos, porque en ese minúsculo paraje no es difícil encontrar la intimidad que exige toda lectura, el sosiego y la calma que permite descodificar mejor cada página, cada palabra. Siempre hay gente, pero nunca hay nadie. Los bañistas van a la búsqueda de su propia laguna, la ocupan por unas horas y la convierten en una prolongación de su propia casa.

Uno lee donde puede, en bibliotecas, en el metro, en cafés, en bancos de la calle, en trenes, incluso caminando. En mi caso, no he sido capaz de encontrar un rincón de lectura mejor que ese. Por eso para mí las charcas de la Vera son un lugar literario, aunque apenas hayan sido mencionadas en ningún libro. Lo son porque el espacio de la literatura no sólo abarca el territorio que ha elegido el autor para desarrollar su trama, sino todos los lugares en los que recibimos historias ajenas, esa voz poética que viene de lejos y se instala justo en la comarca donde decidimos apropiarnos de una voz extraña.

Desde ese punto (el ascenso por la ladera, el zigzagueo, la variedad de vegetación, las rocas, la presencia intermitente de los árboles, los túneles naturales, la progresiva estrechez de la carretera), el camino hacia el monasterio tiene algo de tramo final, de confín, de finisterrae. Después, como recién aparecido de la nada, surge un enorme palacio en mitad de la montaña. Puede que sus dimensiones no sean tan grandes. En realidad, no creo que todo el conjunto abarque demasiadas hectáreas. Sin embargo, es difícil no verlo tal y como se me apareció la primera vez. Debió resultarme majestuoso, inabarcable, casi infinito cuando de niño viajaba hasta allí en sucesivas visitas escolares. He regresado muchas veces después y siempre guardo ese asombro primero: los árboles del aparcamiento, la muralla que se extiende hacia todos lados, la enorme rampa que asciende hacia el palacio, el lago bajo los soportales, incluso la pequeña fuente o los claustros y las estancias reales me siguen pareciendo inmensos. Tengo recuerdos vagos del interior, de lo que queda de mobiliario, de la disposición de las salas. He ido en múltiples ocasiones hasta ese lugar, pero no siempre he entrado. Por eso todo recuerdo no es más que una evocación vaga, dudosa, de algo que quizás vi, aunque no pueda asegurarlo: una cama, una silla con un reposapiés, algún cuadro, una armadura, una inscripción heráldica, un altar, un hueco iluminado por luz artificial en el que reposaban los restos del emperador antes de marchar a otro monasterio. En realidad, más que recuerdos, son indicios, signos, señales o fogonazos que vuelven para decirme que alguna vez estuve dentro de aquel palacio.

Mi composición de lugar está más próxima a lo que escribió Pedro Antonio de Alarcón durante su viaje a Yuste. El monasterio era, para él, una isla en un océano tormentoso, un oasis en medio del desierto. Así lo describió en su Viajes por España, en donde animaba a los lectores (madrileños) a desplazarse hasta Yuste si contaban con cuatro días libres, treinta duros y un amigo en Navalmoral de la Mata que pudiera proporcionarles un caballo y un guía. Ese fue el itinerario que siguió durante algunas jornadas del año 1873. Viaja por sierras que comparten un mismo horizonte, atraviesa ríos y pueblos, y llega por fin a la Vera, a la que llama «país de la fertilidad y de la incomunicación». En otras ocasiones, se refiere a ella como país abrupto, selvático, atroz y pintoresco por sus magníficas dehesas y por su variedad de árboles (robles, encinas, fresnos, sauces y almeces). A la Vera la describe como una «Alpujarra chica, en que el río hace las veces de mar». Al palacio lo compara con un carmen granadino o una villa italiana. Sobre los claustros de Yuste nos dice que la naturaleza se ha encargado de hermosear aquel «teatro de desolación», entre la lujosa hiedra y el musgo, entre las flores silvestres y las altas matas.

Alarcón se detiene en la historia del monasterio, fundado, según nos explica, por hombres piadosos y ascetas que no quisieron abandonar el lugar por lo que les proporcionaba de retiro, de reposo, de oración y penitencia, aunque esos Hermanos de la pobre vida sufrieran las presiones del obispo de Plasencia para que se marcharan. Explica también el periplo de Carlos V hasta llegar allí, conducido a hombros en su último tramo por labradores de la zona, y concluye con el saqueo que sufrió el monasterio por parte de soldados franceses, antes de llegar a manos del Marqués de Miravel.

Otros episodios de su repaso histórico de Yuste se proponen desmentir algunas de las crónicas de Fray Prudencio Sandoval o de Mr. Robertson. Según Alarcón, han perdurado algunos datos falsos en torno a la vida de Carlos V en el palacio, difundidos por historiadores «mal informados» que «fantasearon á medida de su deseo». Entre esos equívocos, Alarcón no cree que el emperador se flagelase hasta teñir de sangre las disciplinas del palacio, ni considera cierto que durante su último año se dedicara a la construcción de juguetes automáticos con ayuda de su relojero de cámara, el famoso mecánico Juanelo Turriano. A lo que sí otorga cierta credibilidad es a la mala relación del rey con los vecinos de Cuacos de Yuste, el pueblo que se encuentra a unos pocos pasos del monasterio. Se accede a él por una carretera que desciende por la montaña. A mitad de camino aparece uno de los lugares más interesantes de la comarca, un cementerio alemán con 180 tumbas de soldados de la Primera y la Segunda Guerra Mundial.
Hay mucho que ver y mucho que meditar, nos dice Pedro Antonio de Alarcón en su viaje a Yuste. Por eso los emplazamientos que encontramos más allá del palacio y del monasterio necesitarán una segunda jornada.






Segunda jornada

Poco antes de abandonar el palacio y el monasterio de Yuste, Pedro Antonio de Alarcón cita el soneto de Quevedo “A Roma sepultada en sus ruinas”. El endecasílabo que cierra el poema es magnífico: «Lo fugitivo permanece y dura». Alarcón menciona ese verso mientras observa la última residencia de un emperador. Si lo cito yo ahora, lo hago con un punto de referencia distinto: un cementerio alemán que no aloja la tumba de reyes ni emperadores, tampoco de personajes ilustres. Sólo son soldados que perdieron su vida en España durante dos guerras mundiales. Casi todos tienen nombre y, sin embargo, siempre me han parecido seres anónimos, como si su apellido se diluyera en un mar de fechas y de cruces, de pasillos funerarios robados a la naturaleza. Si lo pensamos bien, quizás no exista nada más extranjero que morir en un lugar que desconocemos. 

La historia de este camposanto militar se remonta a 1980. Durante ese año se comienzan a trasladar los restos de soldados alemanes que habían sido abatidos en territorio español durante la Primera y la Segunda Guerra Mundial. Según leemos en la placa de la entrada, sus tumbas estaban repartidas por toda España, «allí donde el mar los arrojó a tierra, donde cayeron sus aviones». La obra finaliza tres años más tarde. Todas las sepulturas son similares: una cruz en granito oscuro, con el nombre y el apellido del soldado, las fechas de su nacimiento y de su muerte y su rango militar. 26 pertenecen a víctimas de la Primera Guerra Mundial y 154, a la Segunda. Entre ellas, 8 lápidas con 8 tumbas que guardan a soldados sin identificar.

Esos son, en el fondo, simples datos técnicos, informaciones básicas, números, figuraciones. Lo que sé del cementerio alemán no viene de ahí, sino de mis visitas a ese lugar o de los poemas y fotografías que han caído en mis manos. Vuelvo a la primera jornada, a cómo algo real se acaba convirtiendo en una ficción que, más tarde, se transforma en una realidad distinta a la original. Mi lectura de ese territorio no es más que una combinación de fabulación y verdad, de algo que parte de una certeza y concluye bajo el paraguas de la imaginación. Casi todo lo que me encuentro en algunas comarcas del norte de Extremadura tiene algo de eso, de incógnita, de enigma indescifrable. También el cementerio alemán, con el muro de piedra que lo rodea, el camino de entrada que recorremos solemnemente por intuición o por inercia, las vigas de madera y las enredaderas, las escaleras que descendemos mientras van creando huecos de sombras o de vacío, como un terreno de nadie, oscurecido a intervalos por las tres columnas que anticipan una representación geométrica de la muerte. Frente a nosotros, un cúmulo de cruces perfectamente alineadas.

La muerte, escribió Álvaro Valverde, tiene una medida exacta. Así inicia su “Cementerio alemán, Yuste”, al que volverá años más tarde con otro poema, “Regreso al cementerio alemán”. Ambos textos se recogen en un libro que tengo ahora a mi lado. Lo publicó no hace mucho Ediciones de La Rosa Blanca. Con un sugerente prólogo de Miguel Ángel Lama y con las magníficas imágenes de Salvador Retana, Cementerio alemán. Yuste reúne todos, o casi todos, los poemas dedicados a ese emplazamiento perdido en la comarca de la Vera. Un total de 17 autores que se sirven de este lugar de la memoria como motor del poema. Al escribir sobre él esa metáfora de la historia o ese recinto del pasado se convierte en un presente vivido, en un espacio leído y legible, como recuerda Miguel Ángel Lama en sus páginas preliminares.

Aunque cada poema sea una forma única de abordar el cementerio alemán, existen ciertos temas que se repiten: la lejanía («una patria ilusoria / que aquí, lejos de casa, se ha formado / con jóvenes despojos», José María Micó; «lejos de las guerras / que os trajeron hasta aquí», José Carlos Llop; «tan lejos de su tierra, / tan cerca de su sino», Santiago Castelo; «Para acabar aquí, / lejos de vuestra casa», Santos Domínguez; «Más lejana la luz», José María Muñoz Quirós); la juventud de los soldados («muertes lejanas, jóvenes muertes», Elías Moro; «aquellos adolescentes tardíos», Cristian Gómez Olivares; «la valentía, en suma, / de tanta irreparable juventud», Daniel Casado; «Soldados alemanes, cuántos jóvenes…», Carlos Medrano; «Muchos de vosotros, todos vosotros, / sois ahora jóvenes para siempre», Antonio Reseco; «No hay pena ni perdón para muchachos / que a destiempo cruzaron la frontera», Álvaro Valverde); la presencia ausente del emperador, monte arriba («en el que hace unos siglos / se retirase un viejo emperador», Antonio del Camino; «en la sierra florece / la barba encanecida del César moribundo», Santiago Castelo; «bajo los árboles donde un Emperador / cambió sus sueños por relojes y misas», Juan Lamillar; «el fantasma del emperador / os visita a veces», José Carlos Llop). Más allá de esos temas, lo que predomina es una figuración abstracta que al describir el paisaje lo interioriza, lo reformula, como si la naturaleza del lugar lograra proyectarse en lo más profundo de quien se detiene a explorarla. Un proceso de observación motivado por el sosiego, la calma, la solemnidad del silencio y de la soledad, el idioma extranjero, los nombres impronunciables, desconocidos y alineados como un solo hombre, la paz continua y la derrota, la paradoja de la ruina y del árbol que a pesar de todo florece, la memoria y el olvido, el epitafio sin inscripción alguna, la apariencia de infinito y de eternidad, la geometría, la exactitud y la injusticia de la muerte.

No hay lugar que no pueda leerse. Todos, de alguna forma, llevan inscritos sus propios signos, la motivación que llevó a construirlos, el anhelo de que perduren en el tiempo, la razón por la que serán demolidos tarde o temprano. Todo espacio conserva el alzado de su ruina, como un esqueleto invisible que configura su identidad, su modo de ser y de estar en el mundo. Todo territorio es un libro abierto al aire, a la espera de que alguien se acerque para identificar qué significan, qué significaron. El cementerio alemán de Yuste es uno de los lugares más legibles que conozco, desde que comencé a visitarlo durante los primeros años de la década de los noventa. Acostumbrado a tanto camposanto de hormigón y cemento, encontrarme en un lugar de ese tipo supuso para mí un hallazgo, un aviso, una señal distinta de cómo puede proyectarse la muerte. Algo que tiene que ver con la aceptación y también con la extrañeza, con la ley y el accidente, como en aquel poema de Jorge Guillén.

Aún sigo repasando los nombres y las fechas mientras paseo por las cruces. Los recito en silencio, como si fueran un mensaje que solo tuviera un destinatario. Con ellos imagino las ciudades que dejaron, los aviones desde donde cayeron, los submarinos que no volverán a emerger de nuevo. Cada cruz es una muralla repartida por el suelo, escribió Gómez Olivares. La sombra que despliegan esas mismas cruces hace que la luz se vuelva más lejana, más difusa, y sin embargo esa distancia de décadas y de países se aferra a nosotros con fuerza, como quien abandona un lugar para tratar de entenderlo.

En cierta forma, el cementerio alemán de Yuste no es más que el reguero de escombros que iba dejando a su paso el ángel de Paul Klee, mientras avanzaba de espaldas y un viento huracanado le impedía detenerse. Aquí al menos esa destrucción, como escribió Micó, es «perversamente hermosa / y hermosamente triste». Como las imágenes de Salvador Retana que aparecen al final del volumen: las huellas en la nieve; los ríos diminutos que se cuelan entre las cruces; la niebla que trasforma un escenario natural en una película muda; las hojas esparcidas por el suelo, anticipando una nueva estación del año; la tinta china que en su simplicidad se vuelve aún más profunda; la perfecta combinación del blanco y el negro, como una macabra prolongación de la tierra; la mirada perdida de algunos paseantes; la corteza variable de los árboles, también de los que se sitúan más allá del muro. Todo ello, visto desde fuera, me hace pensar que estos soldados no llegaron hasta aquí para morir, sino para permanecer. Por eso soy capaz de cumplir el aviso que leo en la placa de bronce de la entrada: «Recordad a los muertos con profundo respeto y humildad». He necesitado muchos años, muchas visitas y lecturas, muchas imágenes, para reconciliarme con ellos.

Si hacemos caso a lo que escribe en Viajes por España, Pedro Antonio de Alarcón no pasó por Cuacos de Yuste. No quería visitar el pueblo que amargó, literalmente, los últimos días de Carlos V. Según algunas crónicas, los habitantes de Cuacos se apoderaron de las vacas suizas del rey porque pastaban fuera de palacio. O apedrearon a Juan de Austria, aún niño, mientras cogía cerezas de un árbol que pertenecía a alguien del pueblo. También Unamuno se refiere a esos episodios. Cita un texto de Fray José de Sigüenza: «[Los habitantes de Cuacos] vencieron la paciencia del emperador. Son de baxos respetos, desagradecida, interessada, bruta, maliciosa». Más allá de la visión laudatoria de Alarcón cuando se refiere al emperador o de la despiadada crítica de Sigüenza, me quedo con las palabras de Pedro Mingote, uno de los personajes que aparecen en El peregrino entretenido, la magnífica novela de Ciro Bayo. Llegué a ese libro gracias a La España vacía, de Sergio del Molino, y aún hoy creo que es una de las mejores recomendaciones literarias que me han hecho nunca.

Mingote es una invención, un desdoblamiento del propio autor, por mucha apariencia real que adopte (añadirle el adjetivo ficcional a la literatura no deja de ser un pleonasmo). Cuando Ciro Bayo le pregunta qué le había parecido Yuste, Mingote lo resuelve con una respuesta genial: «será mejor que reserve mi opinión, porque así lo verá usted sin prejuicios. Todo espectáculo está dentro del espectador». A la pregunta de cómo juzga la elección de Carlos V cuando optó por retirarse allí sus últimos días, Mingote echa mano de una cita de Séneca: «El que se retira con ostentación convida a todos a que le visiten». Una forma estupenda de desmitificar tanto tópico latino aplicado al retiro del emperador. Porque, según ese personaje, Carlos V sólo quiso convertir a Yuste en su nuevo palacio y a Cuacos, en un arrabal de cortesanos y soldados. Y añade: «So pretexto de hacerse eremita, hizo ni más ni menos que un mercader de Florencia que liquida sus negocios y se retira al campo». No hay, pues, ni beatus ille ni locus amoenus ni odas a la vida retirada. Sólo un usurpador que, tal vez por inercia, quiso ejercer sobre Cuacos un poder al que no había renunciado del todo.

Existen otros personajes que Ciro Bayo va describiendo mientras visita el pueblo, durante una verbena de San Juan. Por ejemplo, un cacique dadivoso al que apodaban Rey de Cuacos. O un pintor, conocido por todos como el Pintamonas o El Solitario de Yuste, porque se pasaba muchas horas solo frente al palacio o en las cercanías del convento pintando cuadros que luego trataba de vender a los turistas que visitaban la comarca. En realidad, no sólo pintaba esa zona, también retrataba el paisaje humano que iba encontrando. Según el artista solitario, en Cuacos no le faltaban modelos, porque el pueblo era «un cinematógrafo de tipos trashumantes». Allí recaía, nos dice, una gran variedad de personajes.

De entre todos los episodios que relata Ciro Bayo sobre el pintor, me quedo con el que le detalla la factura que entregó al ayuntamiento de Cuacos por la reparación de los cuadros de la iglesia parroquial: dos pesetas por ponerle una cola nueva al gallo y unas cuantas más por añadir dos estrellas al cuadro de la Creación del Mundo. También por dibujarle algunos dientes a la quijada del asno.

Ciro Bayo le pregunta por qué no vive en la ciudad. No puede entender que una persona de su talento prefiera un pequeño pueblo y no una urbe en la que desarrollar su carrera. Parece una pregunta sin importancia, casi banal, obligada incluso, y sin embargo se trata de una cuestión que guarda un trasfondo mucho más profundo del que pueda resultar a primera vista. Un siglo y pico más tarde este país sigue sin tolerar bien ciertas actitudes o modos de vida. Aunque España haya sido un país esencialmente rural, a excepción de algunos núcleos industriales, todavía pervive ese prestigio bobalicón de los centros de poder, normalmente instalados en las ciudades. De tal forma que, para algunos, resulta incomprensible no estar donde se supone que se debe estar, siempre que uno quiera ser conocido y respetado. ¿Por qué una persona con talento no trata de vivir en uno de esos centros? ¿Por qué prefiere instalarse en un pueblo y renunciar así a una sociología de favores de ida y vuelta? Quien lo elige, pensamos, es porque algo oculta. Y lo que oculta el pintor solitario es un asesinato (paródico, irrisorio, burlesco, cómico, pero un asesinato al fin y al cabo). Por eso prefiere vivir allí, en Cuacos, «ni envidiado ni envidioso, que es el sumo bien que desear se puede en una aldea».   

Es el fin de la última jornada. Cuando miro atrás y pienso en algunos pueblos de la Vera, no puedo evitar juzgarlos como un único pueblo. Poco importa que sea Jaraíz o Jarandilla, o Cuacos y Garganta. Para mí tienen la misma forma a la que se refería Unamuno: pueblos con callejas que se retuercen, como el cauce de un río que fuera culebreando. Al final, vistas desde un extremo, todas las calles parecen lugares de una sola vivienda, bajo una misma paz sedante o una misma eternidad quieta y serena. Quizás sea ese el motivo por el que, cuando regreso a Plasencia, visito también la Vera, aunque me cueste llegar si no es en coche. Vuelvo de nuevo a Unamuno: el viaje, cuando es lento, se hace más viaje. 


(Estos dos artículos aparecieron en los números 401-402 (abril y mayo) de la revista Quimera. Las fotografías pertenecen a Salvador Retana)

25.9.16

La Verneda



La parada del autobús

Iniciarás una nueva semana
y continuarás así el ritual
de tus días.
Seguirás la costumbre de levantarte
temprano y abandonar
con torpeza la habitación.
Sabrás, ya desde el comienzo,
que tu primera despedida se produjo
al cruzar el umbral de una casa.
Bajarás a la calle
en compañía de tu madre y esperarás,
aún con sueño,
la llegada de dos autobuses
con rutas similares.
La alegría consistirá entonces
en abrir bien los ojos,
porque se ha visto, a lo lejos,
los número 43 o 44.

Buscarás un hueco y convertirás
ese espacio en una humilde
y meritoria conquista.
Con suerte, quizás logres sentarte.
Mirarás con sosiego
la extraña mecánica de una ciudad
durante las primeras horas de la mañana.
Su movimiento, calculado hasta el extremo.
Su ordenación perversa
y, a la vez, admirable.

No conocerás a nadie.
En ese rincón del autobús
serás consciente del exiguo
espacio que ocupamos en el mundo.
Un universo aterradoramente minúsculo,
pero un universo al fin y al cabo.
No conocerás a nadie
y sin embargo aquellos viajeros,
efímeros y somnolientos,
te serán para siempre familiares.

El trayecto será largo
y aun así llegarás pronto al colegio
(recuerdas parte de su ruta:
Rambla de Guipúzcoa, Bac de Roda,
calle Mallorca, avenida de Roma…).
Aprenderás a construir un territorio
a partir de unas pocas calles.
Apenas sabías que todo lugar
encierra en sí otros lugares.

Recibirás más lecciones de esos viajes.
Comprenderás, por ejemplo,
que un refugio no se encuentra
en un espacio remoto,
sino en el hueco que has podido ocupar
en un vagón de metro
o en un autobús lleno de gente.
Comprenderás que para aislarse
no se requiere un paisaje desierto.
Basta con saberse solo
entre otros semejantes
con los que nunca hablas.

De las horas en el colegio
recordarás una tarde.
Fuera llovía y la lección avanzaba.
Alguien recitaba en voz alta
el nombre de los planetas,
que por entonces eran nueve.
Retendrás esa tarde
porque aprendiste uno de los pocos versos
que todavía sabes de memoria:
monotonía de lluvia tras los cristales.
 
Allí, pegado a la ventana,
siguiendo el curso de las gotas,
lograrás imaginarte en otro lugar.
Habrás iniciado, sin saberlo,
esa costumbre tuya
de estar siempre en otra parte.
En una fuente de Montjuïc,
mientras miras a la cámara.
En el parque de la Ciutadella,
que en aquel momento te parecía inmenso.
En las pistas de tenis
que improvisaste con tu padre.
En las vías de la estación de Francia
y en las palabras que leías al abandonarla
(Sí, Barcelona és bona…).

Estarás en otro lugar,
porque a media tarde dejarás el centro.
Volverás al margen.
El regreso bajo tierra será,
en el fondo, similar:
cambiar de línea,
acortar el trayecto
con algún juego recién inventado,
repetirte a ti mismo
unas cuantas palabras
por el simple placer de recordarlas.

Así pasarás tus primeros años,
en esos trayectos en los que, aún hoy,
intentas encontrarte.

Acabas de escribir el poema
más largo de tu vida.

11.7.16

Escribir, a pesar de todo






 I

Existen lugares en los que resulta más sencillo erigir un universo literario. Territorios que parecen fundados para que alguien los escriba y en los que el autor no es más que un testigo, un simple taquígrafo que va apuntando todo lo que ve, todo lo que oye o se encuentra a su paso. Edificios, grandes avenidas, museos, monumentos esparcidos por uno y otro lado, como un laberinto de estímulos que se extiende sin fin. Ese tipo de ciudades que se ofrecen al escritor y no es difícil, o no del todo, traducirlas en unas cuantas páginas. Londres, París, Roma, Praga, Florencia o Venecia, por citar unos cuantos ejemplos. Sin embargo, existen otra clase de lugares cuya belleza nos llega por otras vías, espacios que exigen al visitante una concentración mayor, más intensa, porque lo que nos proporcionan no está a la vista. Son paisajes llenos de citas ocultas, de manuscritos a veces invisibles, como si tuviéramos que descender varios peldaños para poder darles alcance. Es ahí donde sitúo Buenos Aires. También a los escritores que la han convertido en su universo literario. Algo que, tal vez, tiene un mérito enorme, porque escribir sobre la ciudad, como nos recordó Álvaro Abós, no es descubrir lo literario de una ciudad, sino inventar literatura donde no hay nada.
Visto con perspectiva, no creo que haya emprendido nunca un viaje tan ligado a la literatura como el que hice a Buenos Aires, hace ahora unos siete años. Lo sé por dos motivos. El primero de ellos tiene que ver con el acopio de libros que me traje de vuelta a España. Quizás me dejé llevar por una especie de ímpetu incontrolado que me arrastraba a comprar libros que jamás encontraría en Barcelona. Eso quería pensar, al menos. Tan sólo me ha ocurrido una vez más, en La Habana. El segundo motivo me resulta igual de revelador. Mientras reviso las notas que tomé en los cuadernos de viaje me doy cuenta de que no hay página en la que no cite a algún escritor. Puede que exagere y esas citas estén un poco más esparcidas de lo que creo. En todo caso, por allí aparecen un buen número de autores, mientras seguía la pista de una casa museo o intentaba recrear el escenario que había leído en alguna novela.
Al revisar ahora esas anotaciones sobre Buenos Aires descubro algo más. Descubro que escribir sobre una ciudad es una tarea terriblemente compleja, un oficio que exige un esfuerzo hercúleo, porque el lugar siempre irá un paso por delante y siempre se reservará alguna cita clave. Sin embargo, hay algo que resulta aún más difícil: escribir sobre ciudades tan cosidas a la literatura no es solo una tarea complicada, sino una tarea imposible. Hablo de esas sicogeografías que están tan impregnadas de ficción que resultan inaccesibles, porque todo en ellas está compuesto, a partes iguales, de invención y realidad. Un territorio mítico que existe y no existe al mismo tiempo. Quizás por eso haya tardado tanto tiempo en hablar de Buenos Aires. Tenía la impresión, sigo teniéndola, de que nada de lo que yo pudiera decir sobre ella lograría ajustarse a los límites tan estrictos de unas cuantas páginas. 
Por dónde comenzar, entonces, si se acumulan los nombres y las calles y apenas sé distinguir en qué lugar del tiempo y del espacio sucedió mi viaje. Tenía razón Abós: un mapa de la literatura sólo puede ser un mapa de la utopía. Una cartografía de la ficción. Sé por qué lugares comencé y por cuáles seguí buscando. Sé que me acerqué hasta la esquina de Rivadavia y 25 de mayo, porque allí se encontraba el Hotel Argentino, el alojamiento que eligió José Hernández para vivir de manera semiclandestina, mientras estaba recluido en una de sus habitaciones y escribía El gaucho Martín Fierro. Hoy ya no existe el hotel. En el edificio actual encontramos una placa, un trozo de metal demasiado pequeño para albergar a quien, según Lugones, había compuesto el poema nacional de los argentinos.
Desde ese lugar ya ausente, se despliega una de las vías principales de la ciudad, la Avenida de Mayo. La recorrí varias veces, pero tengo recuerdos vagos de ella. Sólo retazos que trato de recomponer mentalmente. Como siempre, recurro a esa geografía leída, más que visitada, y me viene a la cabeza algo que escribió Santiago Avendaño en 1897. Para él, la avenida era un rumor de colmena, un revoltijo infernal, un negro hormigueo de cabezas.
En medio de toda esa colmena, de ese revoltijo y hormigueo, me encontré con un edificio que también parece construido para que alguien escriba sobre él. Hablo del Hotel Majestic. Un lugar en cierta forma siniestro, en el interior de esa gran galería literaria que es la Avenida de Mayo. Su estado actual, el que yo conocí al menos, dista mucho a lo que debió ser años atrás, sobre todo en la década de los veinte. El Majestic fue uno de los hoteles más legendarios de la ciudad. Por allí pasaron Saint-Exupéry o Le Corbusier, por citar un par de nombres. Hoy ese hotel, con sus andamios en la torre y su decadencia casi espectral, es el reflejo de un tiempo clausurado, aunque su fisonomía haya dado pie a otras historias distintas, a medio camino entre la evocación del pasado y la imagen actual que proyecta. Estoy pensando en La ciudad ausente, la magnífica novela de Ricardo Piglia. En él leo una frase que define lo que contemplo frente al Majestic: «Junior llamó en el dos veintitrés y el timbre pareció sonar en otro lugar, fuera de la ciudad y del hotel». Es justo eso: pulsar una tecla y, acto seguido, desaparecer del lugar donde nos encontramos. Porque el Hotel Majestic de Piglia no existe en realidad. Como nos explica Abós, en La ciudad ausente se formula la inquietante hipótesis de que la ciudad no es sino un sueño engendrado por la Máquina de Narrar. El Majestic tan solo sería un mero decorado fantasmal. No únicamente el Majestic, añado ahora. Toda la ciudad parece un inmenso escenario en el que se reúnen autor y personaje, sin que ninguno de los dos sepa quién escribe a quién realmente. Es lo mismo que sucede, si lo pensamos bien, con la relación que se establece entre el escritor y la ciudad, porque nunca llegamos a saber del todo quién dirige la narración. O dicho de otra forma: lo que no sabemos es quién de los dos escribe, si el autor a la ciudad o justo al revés. Ambos son presencias que, al detenerse, avanzan. Así construyen su propia epopeya: haciendo de su estatismo una forma de tránsito hacia alguna parte. Como les sucede a esas figuras que me encuentro un poco más arriba, en el mítico café Tortoni. Allí siguen, aunque sea como parte de un decorado, algunos de sus clientes más ilustres: Borges, Gardel, Alfonsina Storni. Lo único que recuerdo de mi paso por el Tortoni es esto: que nadie me atendió en ningún momento y una charla espontánea con un tipo con sombrero que se definió como un artista que interpretaba canciones del recuerdo. Esas fueron las palabras que empleó.
Si la verdadera dimensión de una ciudad se mide en espacios muy pequeños, en Buenos Aires esa mínima fracción se proyectaba como una sombra de largo alcance. Sin salir de una sola calle, ya me había aproximado a buena parte de la literatura contemporánea. Y aún me esperaba otro lugar más si continuaba por la Avenida de Mayo, poco después de que la calle desembocara en Rivadavia. Hablo del edificio en el que vivió Ramón Gómez de la Serna. Miro de nuevo la fotografía que tomé y leo lo que está inscrito en la placa, al lado del portal 1974. En primer lugar, las fechas en las que residió De la Serna en ese lugar: 1936-1963. Un poco más abajo, la cita que sigue: «Cuando muera quisiera que me llorasen todas las cariátides de Buenos Aires».
Ese alojamiento bonaerense debió ser bastante similar a otros domicilios anteriores. Gómez de la Serna había traído hasta allí algunos de sus objetos heteróclitos: recortes de revistas, ilustraciones, lápidas funerarias, miles de fotos, pisapapeles, estatuas, muñecas de cera. En algún sitio leí, no recuerdo dónde exactamente, que en una de sus habitaciones había dispuesto ocho mesas distintas para trabajar en ocho libros a la vez. Pensando en un autor como él, ese espacio multiplicado es una posibilidad que no cuestiono. 
La historia que une a Gómez de la Serna con Buenos Aires no es muy distinta a la de Witold Gombrowicz. Los dos vinieron para una visita fugaz y se acabaron quedando un cuarto de siglo. Gómez de la Serna llegó a Argentina en 1931. Aquel “semidiós de las vanguardias”, como le definió Valery Larbaud en el The New York Herald Tribune, desembarcó en un país que ya le había ensalzado años atrás, en la desaparecida revista Martín Fierro. Invitado por Victoria Ocampo, De la Serna formó parte de ese grupo de conferenciantes extranjeros que habían visitado la ciudad. Entre ellos, Ortega y Gasset, Tagore, Einstein o Toscanini. Volvió a España tiempo después, junto a Luisa Sofovich, una mujer de apenas diecinueve años que había conocido durante su estancia argentina. Poco después de estallar la Guerra Civil española, De la Serna y Sofovich regresaron a Buenos Aires. En esa misma casa que tenía ahora justo enfrente, estableció durante casi treinta años su nuevo lugar de escritura. Allí le frecuentaron algunos de sus amigos: Macedonio Fernández, Oliverio Girondo, Norah Lange, Losada, López Llausàs, entre otros. Por lo que sé, aquella primera época fue más o menos plácida, productiva, llena de encuentros continuos en algunos lugares de la ciudad: Florida, librerías de la calle Corrientes, El Guindado de Palermo, el restaurante Tropezón. Sin embargo, todo ese primer momento se fue apagando. Ramón Gómez de la Serna comenzó a ser un escritor cada vez más olvidado. Según tengo entendido, la relación que mantuvo con los exiliados españoles establecidos en Argentina fue conflictiva, entre otros motivos porque no le perdonaron su viaje a España en 1949 y su reunión con Franco. Su último período en la ciudad poco tenía que ver con la urbe que aparecía en su libro Explicación de Buenos Aires, publicado en 1948. La ciudad dejó de ser una fuente de energía y se convirtió en un reflejo de sí mismo, en alguien enfermo y decadente, alguien que vive, como nos dice en Cartas a mí mismo, en un mundo ofuscado y lleno de miedo.
Miro la placa que recuerda el paso de Ramón Gómez de la Serna por la ciudad y descubro, por segunda vez, que no he salido de una sola calle. Frente a mí, se extienden de nuevo más nombres, porque Gómez de la Serna me conduce a Rafael Alberti, a María Teresa León o a Borges, y desde ahí también llego a los juguetes rabiosos de Roberto Arlt o a los autobuses de Cortázar. A la vida breve y a La vida breve. A César Aira y al barrio de Flores. Al Obelisco o al teatro Colón. A Xul Solar, a las fotografías de Horacio Coppola. Entonces, vuelvo a darme cuenta de que unas pocas páginas no son suficientes y que todo eso, tal vez, ya pertenezca a otra historia.


II

Para entender una ciudad deberíamos contenerla en las líneas de las manos. Así, parafraseando algo que escribió Italo Calvino, es como juzgo el tema de las ciudades, porque comprender un lugar implica inscribirlo en nuestro propio cuerpo, como una marca que tenemos tan aferrada a nuestra fisonomía que ni siquiera nos damos cuenta de que cargamos con ella. Por eso, las ciudades que verdaderamente significan algo para nosotros se adhieren a nuestra piel y nos dejan una señal muy profunda, lo suficientemente intensa como para que no nos abandone. Allí seguirá, tiempo después, aunque jamás regresemos al lugar que nos provocó esa especie de fisura.
Buenos Aires tuvo para mí ese significado. No sólo la Avenida de Mayo, de la que ya hablé antes, sino otros muchos lugares que sigo sintiendo muy próximos. Espacios que se confunden en la memoria y me llegan así, como una mezcla difusa que no distingue entre lo que sospecho que sucedió y lo que en realidad viví, quizás porque parte de esos recuerdos pertenece a las páginas de algunos libros. Los de Roberto Arlt, por ejemplo. Por eso fui al 2138 de la calle Méndez de Andés, aunque no pude encontrar por ninguna parte alguna indicación que diera cuenta de que justo allí, en ese lugar, había pasado su infancia. Se trata de una casa pobre, modesta, ubicada en el barrio de Flores Norte. No muy lejos de aquel edificio, encontré una pequeña librería. En el escaparate, algunos libros de Arlt que ya había leído: El juguete rabioso o Los lanzallamas. Al lado, una recopilación de sus artículos periodísticos. Aún conservo ese ejemplar, en el que aparece, entre otros muchos textos, una espléndida evocación del barrio, “Molinos de viento en Flores”. Por eso, y por enésima vez, cuando pienso en mi visita a Buenos Aires no sé distinguir de dónde me vienen las imágenes que recupero ahora. Sé que estuve delante de la casa de Arlt, sé que entré en una librería y compré algunos libros, pero no sabría decir exactamente si mi memoria del lugar pertenece a una vivencia propia o a una ficción que cayó en mis manos. Algo no muy distinto a lo que me ocurrió con otro autor que, si no me equivoco, sigue viviendo en ese barrio, César Aira. Las escenas de El volante, La guerra de los gimnasios o Las noches de Flores se entremezclan con el recuerdo de su lectura en algún café de la plaza Pueyrredón, la misma en la que algunos de sus personajes se disuelven en el aire cuando llega la primavera.   
En cierta forma, esas imágenes que aún conservo también se disuelven en el aire, o se enredan en los árboles de algunas plazas. Guardo algunas fotografías que, vistas ahora, me parecen algo así como una metáfora. Son ramas que se cruzan en lo alto y tejen una enorme red que distorsiona lo que queda justo arriba, una breve porción de cielo a la que se antepone una película grisácea, como si todo lo que previamente se ha disuelto se hubiera anudado en otro lugar, fuera ya de nuestro alcance. Como esas imágenes de Xul Solar que vi en su casa de la calle Laprida, la vivienda que también fue su taller y hoy alberga una amplia colección de su obra. Recuerdo una anécdota que me contaron allí mismo. Una tarde, Borges le preguntó qué había hecho durante aquel día de bochorno. Xul le respondió que nada en absoluto, excepto fundar doce religiones, después de almorzar. El mismo Borges lo compara, creo que con acierto, con William Blake. En ambos existe el mismo ímpetu multidisciplinar. Pintor, místico, poeta, visionario, padre de idiomas y utopías. El hacedor de un universo mitológico que, al descubrirlo, se nos inscribe en nuestra memoria y nos deja allí por mucho tiempo, con la habilidad de ese tipo de creadores que han sido capaces de construir una obra que escapa a sus propios límites temporales.
Mi visión de Buenos Aires está filtrada por Xul Solar. Igual que está filtrada por otro artista argentino, Horacio Coppola. Aunque en algunas de sus imágenes veamos el Obelisco al fondo o alguna señal que nos indica que estamos en Corrientes, su imaginario urbano no pertenece a una sola ciudad, sino a cualquier ciudad o a cualquier relato, como si en él pudiera encontrarme a uno de los siete locos de Roberto Arlt o alguna otra ficción que sucediera a mucha distancia de Buenos Aires. Tanto da que esa historia trascurra en la primera mitad del siglo XX o en algún otro momento. Lo importante es la energía que genera un lugar, lo que provoca para conseguir dispararse hacia muchos puntos distintos. Esa habilidad, ya lo dijimos, forma parte de su adn. Buenos Aires aglutina a otras muchas ciudades y trasforma esa disparidad en algo que la hace única, reconocible, excepcional. Una suma de lugares, como el aluvión de imágenes que reaparecen ahora: los autobuses que tomé al vuelo, porque apenas se detenían en la parada; la tumba de Alfonsina Storni, enterrada con piedra azul y verde en el Recinto de las Personalidades; el solar que encuentro una mañana, bajo el tremendo frío de agosto, tras una larga caminata en busca de María Teresa León y Rafael Alberti; las escaleras de mármol del Teatro Colón y el recuerdo de un libro de Manuel Mujica Láinez; la combinación de literatura, música y boxeo mientras rodeaba una tarde el Luna Park; los paseos por el barrio de Belgrano, en donde me propuse situar una novela que nunca escribiré; la plaza San Martín, porque había leído El túnel y, en lugar de a Sábato, me acabé encontrando a un poeta que no conocía, Alberto Girri, que debió ser un fabuloso paseante; un concierto en la librería Clásica y Moderna o una representación de Los ríos profundos, de Arguedas, en el teatro Cervantes; el tránsito de la calle Defensa hasta San Telmo, el barrio que más veces visité durante aquellos días; la plaza Dorrego, el café que lleva el mismo nombre y el verso que leí de Porchia en una de las mesas; la calle Alsina y la librería de Ávila, la más antigua de la ciudad, en la que había dos escaparates distintos, uno para libros antiguos y otro para modernos; el barrio (o el distrito o el pueblo) de Matadero, que me recibió con una fiesta de gauchos que parecían sacados del Martín Fierro; la ciudad cambiante y la ciudad variable, porque no era lo mismo estar en Puerto Madero que delante de los barcos grises y las construcciones abandonadas que se esparcían por el barrio de La Boca; el poema “Arrabal” de Borges, a la entrada de la librería La Ciudad; su casa en la calle Serrano, 2135; la estación de Flores, a la intemperie, como si allí se conectaran trenes que no van a parte alguna; la ciudad que perseguimos y ya no está, porque Buenos Aires practica con fervor la religión de la piqueta y el abandono, como escribió en algún sitio Álvaro Abós; la vida breve en Independencia, 854, y la imagen tan clara que conservo de la casa de Juan Carlos Onetti; la satisfacción al caminar a oscuras por Buenos Aires, porque hemos interiorizado ese espacio de tal forma que podemos guiarnos por él con los ojos cerrados; la intuición de que ese mismo lugar es igual a otros muchos lugares y, sin embargo, hay algo que lo distingue, sin saber qué exactamente; las librerías abiertas toda la noche, aunque el viento traiga un extraño lamento y la noche parezca un pozo de sombras; la Avenida Corrientes mientras descubres que no sólo habitas una ciudad, sino el mundo entero; la espera en Plaza Francia o en algún punto del Jardín Botánico; las vistas desde la última planta de la Biblioteca Nacional; el regreso a Constitución porque algo nos recuerda a Juan José Sebreli; la vuelta a Palermo para encontrarte con un espléndido poema de Horacio Armani; avanzar por la Avenida Santa Fe y a la altura de Montevideo girar hacia Marcelo T. Alvear; el edificio C del séptimo piso en donde Alejandra Pizarnik no es más que un testigo ausente; los fragmentos de la novela Los premios, la mesa con cenicero, el libro de notas y los folletos con la imagen de Julio Cortázar en el café London; el trazo de alguien que escribió axolotl en la pared; el subte Perú que se ve tras sus ventanales.
Todo eso se entremezcla en este momento. Y a medida que escribo se van incorporando otras imágenes. Todo sucede a la vez y no distingo cuándo ocurrió cada una de las cosas que recuerdo ahora. Su imagen se difumina, como la última vez que vi la ciudad desde el Buquebús que me llevaba hasta Colonia del Sacramento, al otro lado del Río de la Plata. Buenos Aires comenzaba a ocultarse detrás de una gran mancha de humo, como si no hubiera nada detrás. Tampoco nadie que pudiera mirarla de frente, porque es imposible observar desde fuera algo que no se abandona del todo.



   [Publicado en Quimera, números 390 y 391, mayo-junio de 2016]