8.8.17

Historia de dos (o más) ciudades



En un relato de Doris Lessing, Temporales, una mujer viaja en un taxi. Durante el trayecto mantiene con el conductor una inquietante conversación, que gira principalmente sobre un tema: la ciudad. El taxista la detesta; ella se deshace en elogios: «Y entonces empecé a decirle lo mucho que me gustaba a mí Londres, por aquella ridícula necesidad que tenemos todos de intentar que a los demás les guste lo mismo que a nosotros. Es como un gran teatro, dije. Uno se podía pasar mirando lo que ocurría, y en realidad eso es lo que hacía yo. Podía pasarme horas sentada en un café o en un banco mirando y siempre pasaba algo interesante, o divertido…». Como ejemplo, le habla de los parques, de Hampstead Heath o de Regent´s Park, lugares de los que era imposible cansarse. Al final, el conductor reconoce que no todo le desagrada. Lo que le ocurre es que su ciudad es una ciudad que ya no existe. Sólo es un lugar de la memoria. Le explica el motivo y las razones por las que no puede amarla como antes. Cuando se despiden, algo ha cambiado en ellos. El trayecto les ha servido para descubrir que la relación con su propio entorno no es un asunto cerrado, sino conflictivo, problemático, porque no hay verdades absolutas cuando juzgamos algo tan complejo como la geografía urbana. Tal vez él comience a amarla de nuevo. Y tal vez ella descubra que hay motivos para odiarla.
En realidad, a poco que pensemos, no hay ciudad que no provoque sentimientos encontrados. Habitar un lugar supone cuestionarlo, ponerlo en duda, juzgarlo como si fuera una prolongación de nosotros mismos. Precisamente por eso nos atrae y nos expulsa. Odiamos y amamos las ciudades en las que vivimos porque ese doble ejercicio forma parte de nuestra naturaleza. Sobre todo si ese espacio es una gran ciudad. Y sobre todo si esa gran ciudad es Londres.
Cuando Virginia Woolf escribe sobre la capital británica, se refiere a ella como una síntesis de todos los contrastes. Una misma calle, nos dice, es una isla de luz y al mismo tiempo una larga gruta de oscuridad. Ahí radica su hermosura, su belleza. Es una y es también su contrario. Son múltiples ciudades que hacen de su disparidad algo único, casi indivisible. Porque, como nos explica uno de sus personajes, «cada londinense tiene un Londres en su cabeza que es el auténtico Londres». Y añade: «cada uno siente por Londres lo que siente por su familia, tranquila pero profundamente, con una rápida disposición a la afrenta».   
Yo también tengo mi propia idea de Londres. La primera vez que estuve allí, a finales del año 2003, me causó tanta admiración y tanto interés que llegué a interiorizar una buena parte de su callejero. Y aunque he vuelto en repetidas ocasiones siempre he encontrado nuevos emplazamientos, nuevas rutas. Por eso, mientras escribo, apenas necesito buscar un plano que me ubique o sitúe lo que quiero contar. La tengo tan asumida que puedo prescindir de las fotos que he ido tomando o de los apuntes desperdigados en algunos cuadernos de viaje. Mi visión de Londres se construye a retazos, deshilvanados en apariencia pero con una extraña lógica que los une, como un itinerario lógico, asumible. Un itinerario al que cuesta buscar un inicio, porque todos los puntos de la ciudad son buenos para comenzar a pasearla.
Como le sucede al personaje de Doris Lessing, y por buscar un inicio cualquiera, también a mí me provocan un especial interés los parques urbanos. De hecho, es uno de los cuatro lugares imprescindibles que trato de visitar cuando llego a una nueva ciudad. Los otros tres son las librerías, los museos y los clubes de jazz. Londres tiene una buena representación de cada uno de ellos.
Los parques urbanos nos ofrecen, a su manera, una imagen de la cultura que los construye. Su extensión y su forma de organizar unas cuantas hectáreas, su elección de árboles y de caminos, su predilección por un material u otro. El parque, o la ausencia de parque, se convierte en una carta de presentación que nos habla, en último término, de la forma en que las ciudades se relacionan con su propio entorno, natural y humano. Quizás por eso mis parques favoritos son los ingleses, salvajes y ordenados, llenos de senderos intermedios que escapan del orden de otros parques, como los franceses o japoneses. Más que parques son bosques, en esa delgada línea que separa la ciudad del campo. Así juzgo buena parte de los parques londinenses, como un espacio que está y no está en la ciudad, que tiene una extraña autonomía que pertenece y a la vez escapa de los límites urbanos. Si uno sigue, por ejemplo, la magnífica ruta que va desde Camden, sigue por Little Venice, entre puentes y construcciones de otra época, y termina atravesando Regent´s Park, descubre con cierta incredulidad que no ha salido de Londres, que todo eso que ha caminado y que parece fuera de plano forma parte de la misma ciudad que se extiende parque abajo. Es la misma urbe de las primeras calles que se encuentra al salir, con Baker Street y Sherlock Holmes como punto magnético. Algo similar ocurre cuando nos perdemos por Battersea Park o por Hyde Park, mientras intentamos recuperar las voces de William Morris, Lenin o Georges Orwell perorando en el Speakers´ Corner o vamos en busca de los jardines en los que aún perdura James Matthew Barrie, un escritor condenado a la eterna juventud gracias a un célebre personaje, Peter Pan, inmortalizado en bronce en uno de los extremos del lago. O, en fin, lo mismo que nos sucede cuando nos dirigimos hacia el norte y paseamos por el parque de Hampstead, entre lagos, bañistas y rutas semiclandestinas en las que, por arte de magia, se nos aparece la ciudad a nuestros pies, aunque hayamos tenido la equívoca sensación de que estábamos en otra parte, muy lejos de Londres, en estaciones de tren perdidas en la montaña o en casas alejadas de todo y de todos, como las que ocupaban en la ficción los personajes de D. H. Lawrence, o en la vida real John Keats y Sigmund Freud, con su estudio lleno de miniaturas, su mítico diván y sus alfombras, su espléndida entreplanta para tomar el té de la tarde o su magnífico jardín interior. ¿Es la misma ciudad que se construye alrededor del estadio del Arsenal, siguiendo aquel mal disimulado fanatismo de Nick Hornby en su libro Fiebre en la gradas? ¿La misma ciudad dickensiana que encontramos en el East End, con la pobreza y desesperación que leemos en Jack London o en alguna biografía de Georges Orwell? ¿Forma parte del mismo escenario que recorremos calle a calle por el barrio del Soho? Si una ciudad es capaz de multiplicarse, de ofrecernos mil caras distintas, sabremos entonces que la visita ha merecido la pena. Y lo sabemos porque, ante esas geografías dispares, se activa en nosotros algo parecido a una sana esquizofrenia: es inevitable imaginarnos viviendo en una de esas casas, en la que proyectamos un sinfín de rutinas agradables. Una especie de existencia paralela que, paradójicamente, nos hace volver a nuestro propio hogar con más energía que cuando lo abandonamos.
Sin dificultad apenas, puedo imaginarme viviendo en muchos lugares de Londres. No en el Soho. Detesto el ruido, sobre todo si nos visita sistemáticamente y ocupa cada una de nuestras habitaciones como un inquilino invisible y perpetuo. Que no viviera allí no significa que, de tarde en tarde, no tuviera la necesidad de visitarlo. Existen muchos lugares que nos interesan sobremanera y, sin embargo, nunca los habitaríamos. El barrio del Soho sería, para mí, uno de esos lugares. Un espacio frenético, lleno de estímulos, cargado de historia, aunque esa historia pertenezca cada vez más a una progresiva y distante arqueología. Pienso en lo que debería sentir Karl Marx si volviera hoy al número 28 de Dean Street, el piso en el que vivió mientras fracasaba políticamente y veía cómo su situación económica iba menguando (embarazar, casi a la vez, a su mujer y a su asistenta no debió ayudar demasiado a sus finanzas domésticas). Pienso en Thomas de Quincey, que hubiera muerto de inanición si Ann, una joven prostituta, no le hubiera socorrido después de desmayarse en Soho Square. Pienso en Giacomo Casanova, que residió en Greek Street y cuyo fantasma, según dicen, aún frecuenta Raymond Revue Bar. O en los fantasmas que aún deambulan por otros bares de la zona. En The French House, por ejemplo, donde se reunía Charles de Gaulle con otros miembros de la resistencia o el lugar donde Dylan Thomas perdió su manuscrito Bajo el bosque lácteo. Pienso en la vecina Charing Cross Road y en la librería Foyles, en la que, como bien dice Enric González, uno no va a comprarse un libro, sino a ir de safari. Y pienso, en fin, en otros visitantes ilustres del barrio: William Blake, Wagner, Rimbaud, Verlaine. No sé si el Soho actual dista mucho del que vivieron todos esos nombres. Puede que el espíritu que aún perdura en ese lugar de Londres, con la multitud de vocingleros que se acumulan en sus calles, con sus pubs y templos de la perversión plastificada que ocupan casi cada centímetro, no es muy distinto al que describió John Galsworthy a finales del siglo XIX, en su novela La saga de los Forsyte: «Desaseado, lleno de griegos, ismailíes, gatos, italianos, tomates, restaurantes, órganos, cosas de colores, nombres raros y gente que mira desde las ventanas de los pisos más altos». Gente con nombres extraños y con oficios no menos inauditos: buscadores de oro, fabricantes de fuelles de acordeón, traficantes de tazas sin plato, manillas de paraguas de porcelana o imágenes coloreadas de santos martirizados. En el fondo, el barrio del Soho, o Londres, o casi todas las grandes ciudades, no cambian tanto. Sólo se modifican, se trasforman. Incluso si son bombardeadas desde el aire. Pueden variar su fisonomía, pero no el impulso que animó a construirlas, heredado generación tras generación como un legado que todo ciudadano adquiere en el momento de residir en ellas. Al final, siguiendo de nuevo a Doris Lessing, lo que nos queda es un Londres que «se ha edificado y destruido en sucesivas encarnaciones desde antes de la época de los romanos». 
Cuando nos imaginamos viviendo en la ciudad que visitamos, se activa en nuestro interior un mecanismo que hemos fabricado a partir de la realidad inmediata y la ficción que conlleva toda memoria. Algo que tiene que ver con la idealización del viajero, alguien que huye de la comodidad familiar para encontrar ese punto del mapa que sepa alojarle mejor que su propia casa. Son, a menudo, visiones imposibles, irrealizables. En el fondo sabe que se trata de una vida que no será tal y como la imagina. Sin embargo, necesitamos la ficción, porque la vida, por sí sola, no basta. Si residiera por un tiempo en Londres, sé que tarde o temprano acabaría reconociendo los mismos defectos, con forma distinta, que encuentro en Barcelona. O que encontraba en Granada, y un poco antes en Salamanca o en Plasencia. Sin embargo, la idealización del viajero, del caminante ocasional por una ciudad que no es la suya, no debería caer en el derrotismo anticipado. Imaginarnos la gran vida en una ciudad ajena nos ayuda a mejorar nuestras propias ciudades. Pensar que sería feliz viviendo en Notting Hill, recorriendo Portobello varias veces por semana, convierte la misma calle en la que vivo en un espacio distinto, mucho más habitable. Las ciudades dialogan entre ellas y, a poco que escarbemos, de esa conexión siempre surge algo diferente cuyos efectos se pueden percibir en la distancia. Quizás mi Notting Hill tenga más que ver con la fabulación literaria, la que imagino detrás de la puerta que alojó a Georges Orwell o la que encuentro en las páginas de Martin Amis o en los escenarios bohemios y multiculturales de Collin MacInnes. Espacios irreales que tienen vocación de real, como si pasear por Chelsea aún me acercara a las tiendas punk más extravagantes o proyectara fiestas interminables en Cheyne Walk, ese apacible tránsito en el que reside Mick Jagger. Si me imagino viviendo en Bloomsbury, con sus fachadas de casas tranquilas y sus magníficas plazas, como Fritzroy Square, es inevitable no pensar en que aún estaría a tiempo de cruzarme con Bernard Shaw y Virginia Woolf o con algunas editoriales que se extendían alrededor de Bedford Square. Hoy no queda rastro de Cape, Chatto o The Bodley Head, absorbidas por multinacionales. Que no haya nada, o apenas nada, no significa que la ciudad haya desaparecido. Las grandes ciudades no desaparecen del todo. Habitar una ciudad de la memoria o una ciudad imaginada es la premisa que todo lugar necesita para que siga avanzando, con nombres y personajes distintos. Ese mundo de cortesanos del Londres georgiano que retrató William Hogarth estará compuesto por otro tipo de perversiones y enfermedades. Los nuevos rascacielos darán paso a otra clase de suicidas que intenten imitar a los atribulados personajes de En picado, la novela de Nick Hornby. The Globe, uno distinto y aún desconocido, albergará representaciones de herencia shakesperiana, igual que St Martin-in-the-Fields encontrará a un nuevo Samuel Barber. La niebla y la tristeza, como dos motores que se retroalimentan, será idéntica a la que describió Oscar Wilde. Los transeúntes del futuro pertenecerán a ese mismo ejército republicano de caminantes anónimos al que se refirió en una ocasión Virginia Woolf. Mientras tanto, la memoria de todos ellos, una mínima parte al menos, quedará a salvo en algunas salas de la National Gallery, del British Museum o de la London Library. Y quedará, sobre todo, en la suma de imágenes que hayamos proyectado en ella. Porque una ciudad no sólo se habita, también se imagina y se recuerda.
Existen pocas ciudades en el mundo que generen tanta imaginación como la que provoca Londres. Tal vez tenía razón Samuel Johnson y, después de todo, quien se aburra de Londres se aburre también de la vida.


[Publicado en Quimera, núm. 404, julio de 2017]

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