7.8.15

Un tranvía sobre el puente



Todo viaje tiene algo de huida o de reencuentro. O de ambas cosas a la vez, aunque ignoremos de qué o de quién huimos y no hayamos pisado nunca antes ese lugar que parecíamos conocer desde hacía tiempo. Huir, reencontrarse, poco más. Lo aprendí hace ahora quince años, durante mi primera visita a Praga. Aún era pronto para saber que todos los viajes son al final un solo viaje, y que entre uno y otro no hay tanta distancia, sino un espacio y un tiempo tan difusos que se confunden cuando tratamos de recordarlos por separado. De aquella estancia en Praga me viene a la memoria el camino en tren desde Alemania, el compartimento de seis personas, los agentes de aduana, y sin embargo no puedo asegurar que en mi imaginación esa escena, tan simple en apariencia, tan concreta, no se mezcle con otros trayectos. El de Salamanca hasta Oporto, por ejemplo. O el de los trenes nocturnos que parten de Barcelona y amanecen a primera hora de la mañana en Madrid.
A veces, lo que no olvidamos son los motivos que nos empujaron a emprender un viaje. Por eso no me cuesta traer de vuelta la verdadera razón que me hizo viajar a Praga un julio del año 2000. Fui allí porque quería escribir. O mejor: porque quería demostrarme a mí mismo que había elegido ser escritor. Y Praga era una parada obligatoria, un punto de partida. Con toda la inocencia y también con todo el entusiasmo que se gasta durante esos años en los que parece que una decisión es igual a una condena.
Praga era Kafka, y Kafka era entonces el modelo. Él, Kundera y Camus, del que también había leído, en mis días previos al viaje, uno de los textos de El revés y el derecho: «Llegué a Praga a las seis de la tarde. En seguida llevé mis maletas a la consigna. Disponía aún de dos horas para buscar un hotel. Y me sentía henchido de un extraño sentimiento de libertad». Recuerdo que volví a ese mismo fragmento sentado en unas escaleras de San Wenceslao, poco después de abandonar la estación de tren, y poco antes de buscar una pensión en el barrio de Josefov. Aquella cita era algo parecido a un conjuro: Camus había estado en Praga, Kafka se encontraba en alguna parte de la ciudad, y yo miraba el paseo como si a uno y otro lado alguien me custodiara. A punto de cumplir los veinte años y con una sensación de vacío a mis espaldas (había tenido una mala experiencia meses antes), viajaba a una ciudad que conocía sólo por lo que otros habían escrito sobre ella. Aunque Pavese llegara más tarde, comenzaba a comprender que literatura también podía ser una defensa contra las ofensas de la vida.
La pensión de la calle Haštalská, con su humedad en las paredes y con el griterío de fuera colándose en la habitación, me hacía pensar que estaba en el buen camino. Cada momento exige una habitación y aquella, en pleno barrio judío, me pareció el mejor lugar para pasar dos noches. Desde Haštalská, y después de pagar por anticipado en la pensión, seguí un recorrido al azar. Quería que fuera la casualidad la que hiciera encontrarme con algún lugar kafkiano. Tomar una calle, después otra, y decidir casi por inercia o por intuición cuál iba a ser el próximo paso, con la esperanza de que al doblar una esquina se descubriera un mundo inagotable. Inclasificable, porque no hay ciudad más desconcertante y más extraña que Praga. Lo dejó escrito Bruce Chatwin en su novela Utz: «Praga era todavía la más misteriosa de las ciudades europeas, donde lo sobrenatural era siempre una posibilidad atendible». Un universo lleno de cúpulas y de torres que nos deja aturdidos, a la espera de que algo se tuerza en algún punto y nos impida volver hacia atrás. Una ciudad de calma tensa, como muchas otras ciudades que formaron parte del Telón de Acero. En medio, algunas localizaciones que tenía marcadas: casa de Dvořák y del doctor Fausto, un jardín semiescondido en el barrio de Malá Strana, catedral de San Vito, sinagogas y cementerios judíos, Torre del Polvorín. Al fondo, y casi inalcanzable, el castillo, el más kafkiano de todos los monumentos de Praga. El escenario que siempre me viene a la mente cada vez que leo el cuento “Ante la Ley”.
Hay algo terrible y feliz al mismo tiempo en el acto de cruzar un puente. Lo dijo Rodrigo Fresán en uno de los artículos más hermosos que he leído sobre Praga. Cruzar el puente de Carlos también tiene algo de terrible y de feliz, porque un trayecto aparentemente tan corto alberga una infinidad de tránsitos que se disparan en múltiples direcciones. Por eso, por sus infinitas posibilidades, resulta prácticamente inabarcable. Como sucede en uno de los cuentos de Kafka, “El pueblo más cercano”: Mi abuelo solía decir: «La vida es asombrosamente corta. Ahora se comprime tanto en mi recuerdo que apenas comprendo cómo un hombre joven puede decidirse a cabalgar hasta el próximo pueblo sin temer -dejando aparte casualidades desgraciadas- que el tiempo de una vida normal y feliz pueda alcanzar para semejante viaje». Tenía razón Walter Benjamin: la verdadera medida de la vida es el recuerdo. Sí, cuesta creer que seamos capaces de cruzar hacia el otro extremo y que en ese trascurso tan sólo hayamos invertido unos pocos minutos. O unas cuantas horas, porque el puente de Carlos es una ciudad dentro de Praga. Parte de lo que guardo de aquel primer viaje se sitúa ahí, en el puente: las estatuas que flanquean el paseo, un violinista interpretando “El cisne” de Saint-Saëns y un grupo de dixieland al que he vuelto a ver en visitas posteriores. Más allá del puente y del río Moldava, uno de los pocos lugares en los que permanecí más de una hora sentado: la isla de Kampa. El resto fueron idas y venidas, cuestas hacia arriba y escaleras, visitas a monumentos a los que nunca entré y cervezas en alguno de los bares. Estaba siempre en movimiento y, sin embargo, no iba a ninguna parte, como nos dice Paul Auster de Kafka. No concebía otra forma de recorrer la ciudad si no era siguiendo un nomadismo construido a fuerza de impulsos e intuiciones. Y así, con esa especie de azar provocado, me encontré en el Callejón del oro, en cuyo número 22 vivió Kafka y donde vivió también el poeta Jaroslav Seifert, premio Nobel de literatura en 1984. A pesar de la masificación y de las interminables colas de turistas, aún era posible percibir desde la calle el «grito de los fantasmas». No sólo allí, sino en toda la ciudad, porque Praga es un lugar fantasmagórico, inverosímil, uno de esos lugares en los que la realidad comienza a incubar la ficción, como diría Fresán. Una ciudad en la que, volviendo a Seifert, el que busca suele ser esperado y al que espera le acaban encontrando tarde o temprano. De eso, no obstante, me di cuenta pasados los años. No aquella vez, porque por entonces yo no tenía la paciencia ni la convicción de encontrar a alguien que fuera capaz de esperarme. Ni siquiera al otro lado del puente.
Busqué, no sé si con éxito, la casa natal de Kafka, en la calle Maisel, un término fronterizo situado en el borde de Josefov. Y busqué también, sin resultado, algún emplazamiento que hubiera podido albergar, tiempo atrás, la tienda de artículos de fantasía del padre de Franz, Hermann Kafka. Tampoco di con ningún indicio de los cafés o cabarets más concurridos del momento: El Dorado, el London, el Lucerna o el Trocadero. Ese ambiente de malos periodistas y escritores presumidos con los que convivió Kafka se había evaporado o se había convertido en otra cosa. En una ciudad que ahora se esconde bajo el turismo de masas, pero que no ha perdido su fisonomía original, su temperamento, sobre todo por la noche. Los edificios dejan de ser elegantes y majestuosos y exhiben su decadencia interna. Son, como los hoteles que describe Fresán, edificios de pasado glorioso y presente derrotado. Tal vez la verdadera Praga continúe ahí y quizás sea ahí también donde podamos encontrar de nuevo a Kafka: en el más concreto y simple de los actos, en un hecho insignificante que sea capaz de proporcionarnos un misterioso sinsentido, una verdad universal, cósmica. De esa forma quizá lleguemos a entender que una ciudad también se construye por nuestro deseo de abandonarla, de dejarla atrás. Lo principal es transformar el sentimiento en carácter, nos recordó Schiller. Así entiendo la relación de Kafka con Praga, como un sentimiento que se trasformó en carácter, como una huida siempre pospuesta que nos somete a un proceso y se resuelve con una inexplicable condena. Por eso Praga es la ciudad más kafkiana del mundo. Vuelvo otra vez a Fresán: la Praga de Kafka es diferente al Londres de Dickens o al Dublín de Joyce. Su conquista es menos evidente, más secreta, porque apunta a la ciudad que vendrá. Como Clarín al refundar Oviedo y convertirla, poco a poco, en una ciudad de la memoria llamada Vetusta.
Pasé mi última tarde en un banco de la isla de Kampa. Quedaban aún unas cuantas horas antes de que tomara el tren de vuelta a Alemania. Frente a mí, una Praga recorrida a trompicones y el cuaderno donde trataba de apuntar todo lo que se me pasara por la cabeza. Como Kafka, también yo me sentía un centro solitario de un círculo solitario. También imaginaba un sinfín de esperanza, sólo que no para mí. Pero lo que más recuerdo de aquellas últimas horas en Praga es que me propuse, por primera vez en mi vida, escribir una novela. No tenía ni idea sobre qué trataría, ni conseguía dar con un posible escenario ni con un tiempo concreto. Tampoco con los personajes que podrían intervenir en ella. Esa desorientación trasformó mi entusiasmo inicial en un cierto desánimo. No sabía nada de nada y así, me pareció entonces, era imposible comenzar a escribir. Por eso lo dejé en manos del azar. Lo recuerdo bien: me dije a mí mismo que si veía un tranvía cruzar un puente escribiría una novela sobre Praga. Y aunque nunca la he escrito, el tranvía pasó. 

[Publicado en Quimera. Revista de Literatura, núm. 380-381, julio de 2015]

1 comentarios:

Anonymous Anónimo ha dicho...

La escribirás. La estás escribiendo.

12:33 p. m.  

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