Un hombre espera
La
historia es aparentemente sencilla: un hombre espera una carta, en su domicilio
del bulevar Raspail. Apenas sabemos de su contenido y de quién la remite. Tan
sólo un personaje esperando algo que quizás vez nunca llegue. El lector también
aguarda. Comparte su angustia mientras le acompaña por las calles del barrio en
busca del motocarro del servicio de correos parisino. La carta va dejando de
ser una posibilidad o una hipótesis y se trasforma en la certeza de un mal
augurio. La constatación de que algo no marcha bien. Por eso importa tanto
tenerla entre sus manos. No tardamos en descubrir que esa misma carta está
poniendo en juego la propia existencia de quien la espera.
Este es
el argumento de la primera novela que escribió, en 1965, José Antonio Gabriel y
Galán. Se titula Idea fija en
Montparnasse y fue escrita allí mismo, en ese mismo escenario, durante los
años que vivió en la capital francesa. La novela, aún inédita, es un texto de
iniciación, breve, ambicioso, tal vez demasiado deudor de las ideas del
momento. Hablar de París en aquellos años es hablar del existencialismo y de la
sombra alargada de ciertos autores, con Sartre a la cabeza. Más si nos
detenemos en un barrio que fue en otro tiempo un emblema, el buque insignia de
un cambio, un hervidero de nuevas corrientes y formas de pensamiento. París y
Montparnasse eran una parada obligatoria, un punto de partida, sobre todo para
un escritor español que deseaba dejar atrás el ambiente irrespirable de la
España franquista. De ese ímpetu se ha nutrido una ciudad como esta, de personas
que han acudido a ella intentando escapar de sus lugares de origen, con la
esperanza de que una vez allí lograran conectarse con el resto del mundo.
En
ocasiones, vivir en una ciudad no sólo consiste en habitarla, sino en
perseguirla. Así es como aparece reflejado un lugar como París en la obra de
José Antonio Gabriel y Galán, principalmente en dos de sus novelas, la primera,
ya citada, y la última, Muchos años después.
Sus personajes son eternos perseguidores, al acecho de todo cuanto se han
imaginado previamente. Deambulan por París y se pierden, y esa desorientación
les conduce a perderse también en sus propios pensamientos.
Quizás no
haya nada más frustrante y a la vez tan placentero como buscar los lugares que
previamente hemos leído en un libro. El París de Gabriel y Galán sigue ahí,
tiempo después. Puede que continúe sin grandes cambios de forma, pero sí de
contenido. Por ejemplo, el piso en el que residía, situado en la calle Campagne
Première, esquina bulevar Raspail. Sigue la buhardilla donde vivió, la misma en
la que situó la residencia de algunos de sus personajes, como Odile. Ya no hay,
sin embargo, un portal de acceso. El número 35 lo ocupa ahora un restaurante,
Le Duc, y la única manera de entrar al edificio debe ser por un portal anexo en
cuyas placas aparecen nombres, sobre todo, de sicoanalistas. No sólo han
cambiado los números en esa calle. También un poco más abajo, en el bulevar
Raspail. Emprendo el camino que tan insistentemente persiguió aquel personaje
de Idea fija en Montaparnasse. Portal
162, 164, 196. En algunos tramos hay más de un número: el actual, suponemos, y
algunos que debieron pertenecer al pasado, seguramente los que conoció José
Antonio. Por qué se mantienen esas placas antiguas con números de otra época es
algo que deberíamos preguntarnos. Se trata de trozos de metal en buena parte
oxidados y que el paso del tiempo los ha ido borrando. ¿Qué sentido tiene que
continúen, si ya han perdido su función inicial? Tal vez sea una forma de no
perder del todo un pasado inmediato, no tan alejado como parece. Una forma,
siquiera testimonial, de mantener algún punto de referencia, un anclaje, un
testimonio, algo invariable entre tantas cosas que, sin previo aviso, van desapareciendo
con los años.
Dije que
aquel París no había cambiado tanto en la forma, sino en el contenido. Un buen
ejemplo es el cruce entre dos bulevares, el de Montparnasse y el de Raspail,
«junto al poste que sostenía el reloj público, con aceras anchas, animación,
cafés iluminados, farmacias, un cine en cuyo interior se podía fumar,
automóviles oscuros y semáforos en orden, gente que se entrecruza sin prestarse
atención» (Idea fija en Montparnasse). El que fue, a comienzos del siglo XX, el
núcleo de los pintores rusos, mantiene en sus aledaños algunos de los cafés más
emblemáticos de la ciudad. Hablo de La Coupule, Le Select, La Rotonde o Le
Dôme, al que, según se nos cuenta en Muchos
años después, iba Sartre a desayunar después de comprar los periódicos en
el kiosco de la Modigliani (hoy, por cierto, con un aspecto común a cualquier
otro kiosco del mundo). Son lugares que forman parte de la realidad y de la
ficción al mismo tiempo. Por esos cafés con aspecto de bar americano, con
neones luminosos a la entrada, han desfilado Sartre, Simone de Beauvoir,
Aragon, Lacan, Picasso o Édith Piaf, entre otros. Y lo hicieron también los
personajes que intentaron reunirse con ellos o vieron en estos cafés una parada
obligatoria para cualquier intelectual europeo, como les ocurre a los
atribulados personajes de Una dulce
destrucción, la magnífica novela de Hugo Claus. Sin embargo, apenas queda
nada de esos cafés ahora, más allá de un buen número de fotografías que adornan
las paredes o los carteles. Nos remiten a una época esplendorosa ya clausurada.
Fotografías que no percibimos como herencia, sino como postales. Una manera
como otra cualquiera de captar la atención del turista. Algo parecido a otros
establecimientos situados no muy lejos de allí, como el Café de Flore o Les Deux
Magots, en el bulevar Saint-Germain. Las puertas siguen abiertas, pero los
precios y el ambiente nos ponen en la pista de la perversa contradicción que se
esconde detrás: quienes popularizaron el lugar ya no podrían acceder hoy a esos
mismos emplazamientos que ellos mismos ayudaron a que fueran conocidos en el
resto del mundo. Efectos colaterales del capitalismo y de la industria y sobre
los que podríamos añadir un sinfín de ejemplos en otras muchas ciudades.
Otros espacios
de París que cita Gabriel y Galán en aquellas dos novelas han desaparecido. Por
ejemplo, la tertulia del Boule d´Or, coordinada por Agustín García Calvo. O las
pintadas contra el general De Gaulle y los anuncios de sostenes que plagaban
los pasillos de tránsito en la estación Porte d´Italie. Hay otros que se
mantienen, como la calle Vieille du Temple, en donde nuestros pasos siguen
resonando sobre el empedrado como si estuviéramos en el interior de un relato
de Poe. O el color «gris perla» de la ciudad, o las «aguas metálicas» del Sena,
antes de desembocar en Le Havre. O, en fin, la hilera de árboles del bulevar
Edgar Quinet, con edificios de fachadas tranquilas a un lado y el cementerio de
Montparnasse al otro. Ignoro, por el contrario, si por esa calle siguen desfilando
carrozas fúnebres en dirección al camposanto o si, en el número 29, hay una
placa que nos recuerde que allí vivió Jean-Paul Sartre. ¿Continúa el cabaret
Elle et Lui? ¿El sanatorio de Bouffémont, en donde Silverio convivió por un
tiempo con Fernando Arrabal, en Muchos
años después? ¿El café Les Quatre Chemins, frente a la librería Le plaisire
de lire? Imagino que ya no existen, pero eso es algo que no he comprobado.
Quizás porque mantenerlo en duda es una forma de decirme a mí mismo que no han
desaparecido del todo.
Bajando
la calle Campagne Première, un poco más abajo del piso donde vivió José
Antonio, encontramos el hotel Istria. Me extraña que, residiendo tan cerca, no
aparezca en ninguno de los escritos de Gabriel y Galán. Leemos en la placa de
la entrada que ese hotel, en la efervescencia creativa de los años 20, acogió a
un buen número de artistas: Picabia, Duchamp, Man Ray, Satie, Tzara, Maïakovski
o Aragon, del que, por cierto, aparecen unos versos en los que se cita al
hotel. A estos podríamos sumar una lista inacabable de nombres fundamentales para
entender el siglo XX y que también residieron en el barrio durante aquellos
años. Montparnasse dejaba de ser una simple colina y demostraba el porqué de su
etimología. De nuevo, volvía a ser aquel Monte Parnaso al que acudían los
estudiantes del siglo XVII para recitar poesía. El barrio en el que era un lujo
incluso ser pobre, como nos recordaba Jean Cocteau. Pobres y felices, en
palabras de Hemingway. Así continuó hasta los años 30. Después, si hacemos caso
a Patrick Modiano, «Montparnasse se apagó a partir del final de la guerra. Más
abajo, en el bulevar, La Coupule y Le Select tenían aún cierto resplandor, pero
el barrio se había quedado sin alma. Ya no había en él ni talento ni corazón».
Puede que algo de ese espíritu se mantuviera durante la estancia de Gabriel y
Galán. Hoy esa misma calle en la que vivió, Campagne Première esquina bulevar
Raspail, trasmite una sensación de acabamiento. Como el rascacielos solitario
de la torre Montparnasse.
Incluso
las grandes ciudades se acaban, tienen límites. No hablo de las líneas que
separan un municipio de otro, o del extrarradio. Me refiero a esos lugares en
los que parece que detrás ya no haya nada, aunque estemos en el centro y
sepamos que más allá continúa la ciudad. Son justo esos lugares en los que sólo
podemos hacer dos cosas: recordar y esperar.
[Publicado en el número 374 de Quimera. Revista de Literatura, enero de 2015]
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