18.7.13

El placer de la lectura



A un libro sólo se le hace justicia leyéndolo. Es una obviedad, una verdad tan de Perogrullo que parece ridículo comenzar con esta frase. Lo que ya no resulta tan obvio es que alguien, un lector, tenga que hacerle justicia hasta el final. A veces, alcanzar la última página depende del azar. Casi siempre, del gusto literario. Y siempre de la maestría o de la habilidad del escritor.
Quería comenzar así, hablando de la experiencia lectora. Quería comenzar así, digo, porque es el primer recuerdo que me viene a la cabeza cuando pienso en la novela La sociedad del duelo. Mi experiencia lectora fue fiel desde el inicio, desde que llegaron a mí estas páginas en forma de manuscrito. En una ocasión, a la pueril y pertinente pregunta de cómo sabe uno que es escritor, Cristina Peri Rossi respondió: si te acuestas pensando en algo que escribes y te levantas al día siguiente pensando en lo mismo, en ese momento ya eres escritor. Lo mismo podría aplicarse a esta novela. La comencé a leer un viernes y estuve buena parte de la noche leyéndola. Al día siguiente hice lo mismo. Al despertarme sabía que mi única ocupación durante la mañana era terminarla. De esa forma me atrapó esta novela y de esta forma supe del interés que podía suscitar a los lectores.    
Sinceramente, poco más podría añadir. Pero estoy aquí porque Ginés me ha dicho que estuviera y, mucho me temo, estos dos párrafos le parecerán insuficientes. Anoto, por eso, un par de apuntes más. Podría hablar de algunos aciertos que podemos encontrar en su novela. Lo primero que me llama la atención es su capacidad para manejar, manipular y fantasear la realidad. Unos personajes reales que son moldeados al antojo de la imaginación y de una pregunta clave que debería formularse todo escritor: ¿qué hubiera pasado si…? Aquí importa más la vida que la obra de esos autores, excelentes autores, que pueblan La sociedad del suelo. Un manuscrito encontrado, como las buenas novelas de caballerías. Es, en ese sentido, un ejercicio metaliterario. Ginés emplea la literatura para hablar de literatura, de escaramuzas, de celos entre artistas, de duelos, de borracheras, de epifanías, de poesía. Esas peleas entre escritores tan típicas en el Barroco o en el siglo XIX y menos frecuentes hoy día. (Retiro esto último, aquí los tres podríamos hablar un rato sobre el tema). Consigue generar momentos de una intensidad superlativa. Por ejemplo, en las escenas de duelos, que a uno le recuerdan a Barry Lyndon de Kubrick o aquel pasaje maravilloso en la que unos personajes se encuentran en la playa, dispuestos a batirse, en Los detectives salvajes, de Bolaño. Los personajes se juegan la vida al pertenecer a una sociedad secreta. En realidad, y siguiendo la metáfora, todo escritor debe jugársela en un momento u otro. Debe asumir el riesgo si quiere conseguir sus fines, sean cuales sean.
Otro de los aciertos a los que antes aludía es la estructura de la novela. Ginés Cutillas sabe manejar los tiempos narrativos. Genera tensión, expectación, nos mantiene en vilo. No es fácil. Hará que el lector necesite seguir leyendo. Esto es lo complicado. Y eso es también arriesgar, porque el riesgo en literatura no consiste sólo en aparentar que inventamos un nuevo lenguaje o una nueva forma. Nada más tradicional y caduco que intentar ser modernos. Arriesgar, a veces, supone tener una historia y contarla de la mejor manera posible, como ocurre aquí.  
Hace poco, y voy finalizando con esto, Andrés Ibáñez escribía un certero artículo en ABCD sobre el período romántico. Sobre la, digamos, mala prensa o descrédito que había sufrido sobre todo en España, al menos en comparación con otros países europeos. No estaba exento el artículo de un cierto reproche al hilo de esa actitud tan poco perspicaz y torpe. Dice textualmente: “un país que carece de Romanticismo nunca logrará entrar de verdad en la modernidad ni tampoco la comprenderá nunca del todo”. Que La sociedad del duelo hubiera funcionado igual en otra época nadie lo pone en duda. En Francia, en la segunda mitad del siglo XIX, por ejemplo. En el fondo, poco importa. Lo que sí parece importante es lo siguiente: una novela como esta confirma, ante todo, que mientras haya historias, alguien que las cuente y algunos, unos pocos, a quien contárselas, el futuro de la literatura estará asegurado por mucho tiempo.

(Texto para la presentación de La sociedad del duelo, en FNAC Triangle, 17-7-13)

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