25.6.13

La ciudad imaginada



Ya desde el inicio sospechamos que este nuevo libro de Álvaro Valverde (Plasencia, 1959) es diferente al resto de libros del autor. No me refiero a su título, Plasencias, sino a las dedicatorias, destinadas a su madre, a la memoria de su padre y a sus hermanos. Puede parecer un dato irrelevante, pero los que conocemos su obra desde antiguo sabemos que esa mención es casi una declaración de intenciones. Álvaro Valverde regresa a su territorio poético y recrea, con nombres y apellidos, todo aquello no nombrado en ocasiones anteriores. No hace falta ocultar la ciudad: es Plasencia y sus alrededores. Es su infancia y las personas que convivieron a su lado. Ahí situaría yo la importancia de un libro como este, lo que no debería llevarnos a pensar que Plasencias es una pieza complementaria. O no sólo, al menos. Es una obra autónoma que puede leerse sin la obligación de haber llegado a él a través de otras lecturas. Es, digámoslo desde el principio, un libro necesario en una trayectoria como la suya. De la misma forma que lo fue la novela Viajes por el Scriptorium para Paul Auster o los diarios de Julio Ramón Ribeyro, pongamos por caso.
El preámbulo, que lleva por título “In limine”, así como las citas que preceden al libro, hacen referencia a un mismo aspecto: su propuesta de convertir un espacio concreto en un lugar universal. Para ello echa mano de algunos autores (William Carlos Williams, John Dewey, Cavafis, entre otros). Esas palabras prestadas son un apunte de cómo ese espacio que ocupamos en el mundo traspasa sus límites y se instala en el interior de quien no ha podido o no ha sabido o no ha querido salir de su frontera. Una ciudad subjetiva (Le Breton), que te cerca y no te permite traspasar sus murallas (Platón), un lugar que despierta pasiones contrarias (José Manuel Arango) o un territorio de ida y vuelta, circular (Hidalgo Bayal). 
“Memoria de Plasencia”, dedicado a otro placentino, José Antonio Gabriel y Galán, es el primer poema que encontramos. Tampoco es gratuito. Es el único texto no inédito de Plasencias y es, o eso me parece, la mejor puerta de entrada. En él se condensa buena parte de su universo literario: memoria, símbolos (las afueras, los muros, las ruinas…), reflexión frente al paisaje. Una de las pocas veces que Valverde había mencionado abiertamente la ciudad y un ejemplo de esa correspondencia tan característica en su obra que trata de unir lo que está fuera con lo que sucede en el interior de quien observa. Los poemas que aparecen en Plasencias desarrollan, de una u otra manera, estas ideas iniciales. La actitud que adopta, por ejemplo. El modo de juzgarse a sí mismo como un prisionero que no ha sido capaz de escapar, aunque se halle en una prisión abierta y aparentemente no sitiada (“Quedarte en este encierro es la razón/ que iguala a una condena tu existencia”, “Ciudad”). Un ser, viajero y estable, que se sabe cautivo en un lugar que perdió su esplendor e intenta, sin éxito, recuperar parte de su pasado. El poeta contempla una “ciudad dormida,/ en su “siesta” de siglos” (“De paso”). Los apellidos ilustres que formaban parte de un jardín son ahora un cúmulo de piedras. Lo que fue un cementerio judío contrasta, en su abandono, con una nueva construcción que suple y condena lo que la precede. Es el testimonio de todo aquello que, sin la intervención de la escritura, caería en el olvido. Citando a su admirado Gabriel Ferrater, se trata de decir lo que huye (“Hoy es todo distinto./ Ya no existe el balcón/ ni los sitios que evoco/ donde se iban las tardes”, “Puerta del Sol”). Las imágenes vuelven al poeta a través de “las ásperas hojas/ de una higuera tronchada” (“El pabellón del río”). Su memoria, como la magdalena de Proust, se activa a partir de un hecho casi insignificante. Un olor, una visión fugaz. Esa misma percepción da pie a unos poemas de tono elegíaco, comedidos, sobrios. Una emoción contenida, sin estridencias. No obstante, Plasencias es algo más, también en la forma. Sabemos que estéticamente son poemas de Álvaro Valverde, pero descubrimos que en ellos se emplea, como pocas, una libertad creadora desde el inicio hasta el final del libro, dejando atrás cierto pudor literario. Me refiero, por ejemplo, a su manera de convocar a otros seres que pueblan el discurrir del poema. La obra de Valverde se caracterizaba por esos espacios solitarios. Pocos, o muy pocos, hacían acto de presencia. Aquí, sin embargo, se recurre al otro, a todos aquellos que le sirven como fe de vida.
Luis Martín Santos nos recordaba que “un hombre es la imagen de una ciudad”. La lectura de los poemas de Álvaro Valverde nos suscitan una idea similar. Esas calles secundarias, esas rúas sin acera, estrechas, parecidas a un zoco o a una judería, remiten al final a quien transita por ellas. El poeta es un paseante, alguien que, en silencio, encamina sus pasos a la deriva. Un ser reflexivo que, como el trazado de la ciudad, se presta a las divagaciones, mientras da “rodeos al encuentro/ de uno mismo” (“Caminatas”). Los espacios retratados forman parte de Valverde desde sus primeros años. Es la casa natal. Es el primer hogar de un poeta recién casado. Lugares, todos ellos, de los que nunca ha salido. Es un camino que trascurre desde fuera hacia dentro (“Cuando lea mi madre esto que he escrito/ comprenderá el porqué de mi tristeza”, “Casa natal”). La medida de las casas, el paisaje que se encuentra, es una prolongación del que los escribe. Lo exterior es un espejo que refleja un estado mental, una emoción: “La altura de aquella cristalera/ -la Isla, Santa Bárbara-/ era inversamente proporcional/ a mi estado de ánimo” (“Avenida de la Vera”). Lugares que tienen la habilidad de albergar nuevos emplazamientos en su interior. Es, como nos explica en “El muro”, un “mundo frente al mundo”. Todos los edificios fueron andamios, hombres silbando (Hulme). La ciudad no se agota. Siempre está llena de caminos por los que escaparse. Siempre, en fin, existen sendas aún no transitadas (“Subsiste otra ciudad dentro de ésta”, “Conventos”). Esa “vida al margen”, esa periferia, el mirar a debida distancia el espacio que ocupamos, le conduce a descubrir nuevos trazados. Un jardín interior, un claustro o un balcón trasero, localizaciones escondidas que dan cuenta de lo que ocurre fuera de sus límites. Son, por emplear un término recurrente en Valverde, microcosmos que consiguen habitar todos los espacios del mundo. Como escribió en un poema de  Mecánica terrestre, “Una ciudad es todas las ciudades”. Eso ocurre aquí también. Plasencia es, a su manera, resumen de otras muchas ciudades.  
No hace mucho, refiriéndome a El centro fugitivo (La Isla de Siltolá, 2012), el libro que reúne los 25 años de su poesía, mencionaba que desde aquel lema inicial recogido en su primera obra, ese “Hagamos de este lugar un territorio”, la poesía de Valverde había ido dejando atrás el lugar para dar más protagonismo al tiempo. No es solamente el espacio. Es, más bien, el territorio que a pesar de diversos avatares ha logrado perpetuarse. Eso es lo que ocurre, por ejemplo, en su poema “La encina solitaria”. El símbolo de un árbol sobre la colina, rodeada, apenas sostenida, nos da la medida del tiempo. Su emplazamiento funciona como un faro imperecedero y eterno. El autor retiene su presencia “con la necesidad de lo que dura”. Ahí está el verdadero genio del lugar, en su manera de perdurar. Lo mismo sucede con esas mañanas de agosto, plagadas de lugares, sí, pero sometidas a la necesidad de lo que, en su sencillez, resiste más allá de los años trascurridos.
¿Qué grado de correspondencia existe entre un autor y su voz poética, entre su vida, digamos, personal y la que se muestra en su obra? Es una cuestión central, porque remite, en último término, a la identidad de quien escribe, a su forma de relacionarse con lo que le rodea, incluida su escritura. En el caso de Álvaro Valverde, que suele emplear un tono más o menos confesional, parece que esa distancia entre uno y otro mundo sea mínima. Sin embargo, la poesía es, como la narrativa, una ficción, o una ficción que aspira a contar una verdad. Digo esto porque esos lugares que ha retratado en sus poemas Álvaro Valverde, también esta Plasencia, forman parte no tanto de una realidad, sino de una imagen que abandonó su fisonomía original para transformarse en otra cosa. De una invención, quizás. En el fondo, la Plasencia de Álvaro Valverde, como Tánger, Oporto o Nápoles, son lugares imaginarios. Lugares leídos, más que visitados. Territorios que se asemejan a un espejismo, a una ilusión o a un sueño, por citar los términos que emplea en “Veranos”. Precisamente por eso resultan auténticos. Su espacio natural se encuentra en un “bosque de palabras”, tras la lectura de María Zambrano. O en aquellas sesiones de cine que “daban/ consistencia a los sueños” (“Cine Avenida”). Como nos explica en su poema “San Martín”, es alguien que “fundó en la lectura,/ digamos no sin énfasis,/ su proyecto de vida”. El recuerdo de libros y azoteas es algo más que una imagen que regresa. Es un inestimable punto de referencia, un emblema que consigue aunar pasado, presente y futuro. Una forma de “aferrar” una existencia. Ese es el nexo que vincula ambas voces, la personal y la poética. Una vida común, “y distinta como todas”, que guarda en su simplicidad un territorio singular, complejo. De nuevo, lo universal es lo particular sin fronteras. La ciudad deja de ser tangible y se convierte en una presencia etérea, irreal. Algunos de los poemas que integran Plasencias concluyen así, mencionando un nuevo lugar, sin desarrollarlo. Quedan flotando en la conciencia del lector (la Canchalera, las dehesas…). Como Plasencia, donde el tiempo se detuvo y “sus horas hoy marcan/ una edad suspendida”.
Esa es la ciudad de Álvaro Valverde. Y esa es, a fin de cuentas, su vida. 

[Reseña publicada, en parte, en la revista Clarín, número 105, Mayo-Junio de 2013]

2 comentarios:

Anonymous Nonudra ha dicho...

Con todo el respeto debido y toda la fuerza necesaria, te digo que ese libro de poemas tuyo sólo es un esbozo de libro, un conjunto de buenas intenciones,una serie de escritos donde el poema no está y el poeta tampoco. Espero que este libro no se ni el mejor ni el primero y último. Desalentador.

4:32 a. m.  
Blogger Álex Chico ha dicho...

¿A qué libro te refieres?

9:30 a. m.  

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