12.1.06

Escribir

Hay ciertos verbos que son autónomos. Que se bastan por sí solos. Podemos rellenar toda una página sólo con ellos. De hecho, su sola presencia en mitad de un libro, de un cuaderno, puede excluir cualquier palabra innecesaria. No estamos obligados a definirlos. Pienso en algunas de las entradas de los diarios de Franz Kafka. A veces, un “Nada” le bastaba para hacer soportar al lector una carga mucho mayor que cientos de páginas acerca del absurdo, del aburrimiento. Por eso, hoy es uno de esos escritores esenciales del viejo siglo veinte. Admitió que una sola palabra puede encerrar todo un mundo.
Con los verbos autónomos nos ocurre igual. Cada uno, como es obvio, conservará los suyos propios. Una buena forma de localizarlos es cambiándoles su forma verbal, porque no soportan el tránsito del infinitivo al imperativo. Como explica Pennac, verbos como amar no llevan bien el imperativo. No podemos obligar a amar, de la misma forma que no podemos obligar a leer o a escribir. Son verbos que de tan esenciales, de tan necesarios, nunca podrán llevar aparejados ni la necesidad ni la obligación de cumplirlos. Leer, amar, observar, escuchar, recordar y tantos otros nos dan buena cuenta de este asunto.
En el caso de escribir ocurre lo mismo. A menudo tiendo a concebir la escritura como un acto que debe cumplir dos premisas: la coherencia y la libertad. No niego que se adhieran otros factores que determinen mejor el resultado de una obra. Sin embargo son actitudes esenciales a la hora de delimitar esa ambigua moralidad del escritor. Y aunque seguramente no baste sólo con eso, de otra forma es imposible que exista literatura. Una obra que no haya sido concebida bajo estos dos pilares, salvo excepciones que acaben por confirmar la regla, se caerá por su propio peso. Nadie está obligado a escribir. Juan Carlos Onetti, en sus artículos, distinguía a dos tipos de escritores jóvenes: los que escribían para ser escritores y los que escribían por la necesidad de hacerlo. Obviamente se decantaba por los segundos. Cortázar o Gustavo Martín Garzo son otro de estos ejemplos, al rehuir de la escritura como un simple oficio.
Si nos fijamos bien, no hay nada malo en admitir la no obligación de escribir. No deberíamos justificarnos por no hacerlo. Lo contrario sería cargarnos con una losa innecesaria. No escribir no significa traicionarse a uno mismo. No consiste en rendir cuentas. Además, los espacios de la contemporaneidad cada vez dejan menos sitio a la libertad de actuación. Si incluso fuéramos tan estúpidos al perder algo que en última instancia debe producirnos placer, estaríamos cada vez más sometidos a un orden. Por eso, despertarse cada mañana y pensar en una historia que se tiene entre manos, o en una imagen que puede suscitar un nuevo poema, son propinas que nos puede ofrecer el simple hecho de estar vivos. De ahí esta habitación barcelonesa en la que escribo. De ahí la novela que trato de escribir hace unos años. De ahí también esta blog.

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